11 de junio de 2016

VICTIMAS Y VERDUGOS (publicado en el diario HOY el 14 de marzo de 2014)

Cuando en 1960 el Mossad secuestró al criminal de guerra nazi Adolf Eichman en Buenos Aires y lo trasladó a Jerusalén para ser juzgado, la revista New Yorker eligió a la filósofa judía de origen alemán Hannah Arendt como enviada especial para cubrir el juicio. Se trataba de escribir una serie de artículos que, finalmente, también vieron la luz bajo la forma de un libro titulado “Eichmann en Jerusalén. Sobre la banalidad del mal”.

El libro desató las iras de la comunidad judía por algunos de los análisis y afirmaciones que realizaba, entre ellas, la de que algunos líderes de esta comunidad habían colaborado con las autoridades nazis para salvar sus propias vidas. Ignorando los complejos mecanismos de terror, sumisión y dependencia generados entre las víctimas y sus verdugos en situaciones como las vividas en los campos de concentración y los gettos - y que tan bien analiza otro intelectual judío más comprometido con el humanismo como es Primo Levi  en su obra “Los hundidos y los salvados” - Arendt hizo corresponsables a las víctimas, y al hacerlo, relativizó el poder absoluto y descargó a los verdugos de parte de su responsabilidad.

No quiero entrar en estas líneas en un debate entre defensores y detractores de Hannad Arendt ni en posibles explicaciones sociológicas a su posición intelectual. Si traigo a colación estos hechos es por su parentesco con las frecuentes reacciones ante a la violencia machista. Resulta desolador escuchar a jóvenes y adultos, un día sí y otro también, frases como “es que algunas mujeres…” o “es que yo conozco un caso en el que ella…” o sencillamente un rotundo “la culpa es de ellas porque no dejan a su pareja”. Quienes así hablan reproducen el mismo mecanismo exculpatorio de Arendt: repartir la responsabilidad entre víctima y agresor, como si de esta manera el agresor lo fuera un poco menos. Al igual que la filósofa alemana, estas afirmaciones parecen desconocer el sórdido entramado emocional existente entre víctimas, agresores y contexto social y contribuyen a construir un discurso privado, que se convierte en público - justificativo por exculpatorio - de la violencia contra las mujeres.

Pero no sólo éstas son las víctimas del discurso que las convierte en corresponsables de la violencia sufrida y que supone, además, una agresión adicional. Con vergüenza y rabia hemos tenido que leer y escuchar declaraciones que “quitaban hierro” a los abusos sexuales cometidos contra menores y que formaban parte también de esa misma estrategia de intenciones atenuantes. Cómo olvidar las declaraciones del arzobispo polaco Józef Michalik cuando señaló que los niños de padres divorciados son más proclives a los abusos por parte de sacerdotes porque “buscan amor”. O las del Obispo de Tenerife cuando afirmó que "hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo (con los abusos) y además, deseándolo”, “incluso si te descuidas te provocan” concluía. Hasta intelectuales relevantes para la conformación de un “supuesto” y determinado pensamiento progresista postmoderno como Michael Foucault, llegaron a realizar afirmaciones en este sentido.

¿Es racional y justo convertir a la víctima en culpable del crimen? ¿Es ético? ¿Qué es lo que define la gravedad de la acción, la acción en sí misma o hacia quién se dirige? ¿Acaso es menos monstruoso asesinar a una prostituta de un polígono que a una trabajadora de una farmacia? ¿Hay víctimas de primera categoría y de segunda? ¿Es menos grave asesinar a mujeres que a guardia civiles o reporteros de guerra? ¿Sugería el arzobispo Michalik que los abusos contra niños de padres divorciados son “menos abusos” que contra otros niños y niñas con otros tipos de familias?

            Reflexionemos sobre las consecuencias de relativizar el poder, los valores y las normas. Reflexionemos sobre la imperiosa necesidad de trabajar con claros referentes éticos y asumamos que las víctimas siempre son inocentes y que las únicas personas responsables son quienes cometen las acciones. Que la convivencia democrática y sana de una sociedad pasa por definir con firmeza lo que está bien y lo que está mal y no por establecer criterios de atribución de responsabilidad modulados por la posición de clase, pertenencia étnica, sexo o edad de las víctimas, lo que conduce inexorablemente a la arbitrariedad y, por tanto, a la injusticia. Pensemos que la desigual distribución del poder, sea éste de la naturaleza que sea - político, económico o social - sitúa a quienes menos poder tienen - mujeres, pobres, infancia, ancianos y minorías étnicas - en situación de mayor vulnerabilidad.


Seamos valientes y no tengamos miedo en denunciar que cada vez que para referirse a las desigualdades de género se habla de “ideología de género” se niega la realidad y se contribuye a perpetuar la violencia; que eludir el debate sobre las desigualdades - de género, clase o etnia - en la sociedad y, especialmente en el sistema educativo, refuerza los discursos exculpatorios y atenuantes. Exijamos a nuestros políticos y gestores unos niveles éticos que hasta la fecha no están demostrando tener. Exijámosles que no recorten en educación, prevención de la violencia de género y fomento de la ciudadanía, de la convivencia y de la igualdad. Si no lo hacemos seremos corresponsables,  como ellos.  Tengamos claro que nunca lo serán las víctimas, aunque sería posible que si se dan las circunstancias, cualquiera pueda convertirse en una.